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Sobrevivir para contarlo

Immaculée Ilibagiza. Sobrevivir para contarlo: el coraje de una mujer durante el genocidio de Ruanda

Barcelona: SABAI, 2010

Sobrevivir para contarlo
Sobrevivir para contarlo

Immaculée Ilibagiza nació en Ruanda y toda su familia, excepto un hermano, murió asesinada en abril de 1994 a golpes de machete por miembros de la etnia hutu, enfrentada a la etnia tutsi, a la que pertenecían Immaculée y su familia .

Cuatro años después del genocidio, Immaculée se instaló en Estados Unidos y empezó a trabajar en las Naciones Unidas. Actualmente dedica todo su tiempo a dar conferencias y a escribir. En 2007 fundó la Asociación de Caridad LefttoTell, para ayudar a los huérfanos ruandeses, y fue reconocida con el Premio para la Reconciliación y la Paz Mahatma Gandhi. Se casó con Bryan Black y tiene dos hijos: Nikki y Bryan Jr.

El libro que hoy presentamos es la autobiografía de Immaculée. Tenía 22 años cuando vivió el exterminio de toda su familia a manos de los hutus, solo sobrevivieron su hermano Aimable, que en aquellos momentos estaba estudiando en Senegal y ella, que estuvo tres meses escondida en un baño de reducidas dimensiones. El libro tiene una doble vertiente: por un lado Immaculée narra  el genocidio con pelos y señales, y por otro, explica el proceso que vivió en lo más hondo de su corazón, pasando del odio, la rabia y la sed de venganza, hasta llegar a la reconciliación y el perdón.

Immaculée nos introduce en su biografía dando unas breves pinceladas sobre la historia de Ruanda. Los alemanes la ocuparon a finales del siglo XIX, después les sucedieron los belgas, quienes convirtieron a Ruanda, que hasta entonces había sido una monarquía donde reinaba la paz y la armonía, en un sistema clasista discriminatorio, basado en las razas, lo que creó un gran resentimiento entre ellas, que acabó desembocando en el genocidio. Cuando Bélgica abandonó Ruanda en 1962, los hutus eran ciudadanos de primera clase y los tutsis, de segunda; estos tuvieron que enfrentarse a la persecución, la violencia y la muerte en manos de los extremistas.

Coexistían pues dos etnias: la hutu, que era mayoría y la tutsi, que era minoría, también había un pequeño número de twa, una tribu muy minoritaria. Immaculée pasó su infancia sin saber a qué etnia pertenecía, pues sus padres nunca habían hecho cuestión del tema. Ella pertenecía a la etnia tutsi, y compartía estudios y juegos con chicos de las dos etnias.

El día 6 de abril de 1994 se desencadenó el genocidio en Ruanda. El presidente, que pertenecía a la etnia extremista hutu, murió en un accidente aéreo. Se pensó que los culpables del accidente eran los rebeldes tutsis. Inmediatamente se prohibió a los tutsis abandonar el país, y empezó así el más horrible genocidio de los tiempos modernos.

En solo 100 días, murieron a machetazos más de 800.000 personas. Lo más escandaloso e imperdonable, fue que la comunidad internacional miró hacia otro lado, y cuando decidió actuar, ya era demasiado tarde, pues se había consumado el genocidio.

Immaculée pertenecía a una familia católica; estaba estudiando fuera de su ciudad, cuando recibió una carta de su padre en la que le suplicaba visitase  a la familia los días de Semana Santa -posiblemente intuyera el problema que se avecinaba-, Immaculée, que había decidido quedarse en la Universidad para preparar sus exámenes, después de leer la carta de su padre cambió de idea y viajó para reunirse con su familia.

El mismo día que llegó a su casa, por la noche, empezó la persecución contra los tutsis; ella, pudo refugiarse en casa de un pastor protestante, amigo de su familia, donde estuvo encerrada por espacio de 3 meses en un cuarto de baño de apenas un metro de ancho por 1,2 de largo, junto a 7 mujeres más.

Mientras duró el encierro, Immaculée empezó a leer la Biblia diariamente, a rezar el rosario, a comunicarse con Dios, de un modo personal y sincero; ella sentía a Dios muy cerca, pero a la vez, sentía muy cercana la presencia de Satanás, que la empujaba a sentir odio, rabia y sed de venganza hacia sus enemigos hutus y a rebelarse contra Dios por permitir semejante maldad; sufría muchísimo viviendo esa dualidad en lo más profundo de su corazón y empezó a pedir a Dios que la librase del odio y del rencor; fue una lucha feroz, a muerte, de la que salió vencedor el bien, el perdón, en definitiva, Dios.

Cuando los hutus fueron derrotados y ella liberada, supo que toda su familia había sido asesinada por un vecino de la familia,  padre de un compañero suyo de la infancia. Decidió acudir a la cárcel a visitarlo y lo perdonó. Después, tuvo el coraje de buscar los cuerpos descuartizados de sus familiares -sabía donde habían sido asesinados- y les dio cristiana sepultura.

Es una historia muy dura, pero llena de esperanza, que pone de manifiesto la fuerza redentora del perdón. Después de leer el libro, que sobrecoge y emociona, se entiende mejor la frase de Viktor Frankl: “No depende de nosotros cambiar una situación, el reto es cambiarnos a nosotros mismos”.

Acompaña al libro el documental El Diario de Immaculée sobrevivir.

Acerca de Maria Joana Vives

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