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La búsqueda del sentido de Viktor Frankl

Nacido en Viena, Austria, el 26 de marzo de 1905, Viktor Frankl conoció una de las épocas más trágicas de la historia de la humanidad, sufriendo en primera persona la sinrazón del odio contra los judíos. Neurólogo y psiquiatra de profesión, sobrevivió a los campos de concentración de Auschwitz y Dachau debido, en gran parte, a la solidez de sus ideales. Frankl era un hombre que tenía claros los valores a los que aferrarse: la dignidad humana y la creencia de que el amor al prójimo es posible incluso bajo terribles y denigrantes condiciones.

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El ferrocarril marchaba sobre las vías que conducían a miles de almas a su fin. Las teorías sobre lo que les sucedería eran extensas y terroríficas. Sin embargo, inmediatamente entendían que la insólita nebulosa en la que se habían adentrado con el obligado viaje era su realidad.

Viktor Frankl tenía 37 años y una buena carrera profesional cuando llegó, como tantos otros, a su primer campo de concentración, en el año 1942. Atrás quedaban el prestigio académico y la etapa en la que había mantenido una relación epistolar con Sigmund Freud, de quien se había desmarcado tras meditar sobre aspectos humanos por los que su maestro no parecía mostrar demasiado interés. Con Frankl viajaban su esposa, Tilly, y sus padres, de los que fue separado rápidamente y para siempre.

Aquellos que, como él, eran jóvenes y no estaban impedidos fueron derivados a labores forzadas, mientras que los demás, los que no ‘gozaron’ de esa suerte, fueron gaseados de inmediato. Ante la perspectiva de tanta brutalidad, de la que ni siquiera era posible apartar la mirada, el psiquiatra austriaco vio necesario suprimir toda reminiscencia de una vida anterior a esta otra de necesidad, frío y violencia; en caso contrario, el recuerdo le habría llevado a la desesperación, como les ocurría a aquellos que acababan arrojándose contra las alambradas electrificadas.

La adaptación era imprescindible, si bien había dos maneras de lograrla: convertirse en miembro de los ‘capos’ que sometían al resto a las órdenes de los nazis, o, en su caso, dejarse guiar por su fe.

A pesar del empeño de las SS por despojar a los presos de sus identidades, arrancándoles las pertenencias, los nombres e incluso el pelo y las barbas, de reducirlos a la indiferencia de un número, la dignidad de aquellos que tenían algo por lo que seguir luchando se mantenía intacta.

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“Lo único que poseíamos era nuestra existencia desnuda”, menciona Frankl en ‘El hombre en busca del sentido’, el libro con el que transmitió su historia tras ser liberado. Esa existencia desnuda hallaba contestación en el amor que iluminaba a los que en él creían empujándolos a buscarlo.

Frankl, que pensaba en Tilly, recurría a diálogos imaginarios con los que mantenerla a su lado, con la incertidumbre de si algún día lograría estar con ella de nuevo. El tiempo perdía sus dimensiones, pero avanzaba, y varios eran los que cesaban en su empeño de sobrevivir, de salir, de ser libres. Delante únicamente emergían esos días rutinarios estancados en la brutalidad, como si lo que una vez habían conocido no fuera más que un sueño, como si no hubiera mundo más allá de las vallas de los campos de concentración.

El alma humana de los presos se volvía compleja y banal, centrada en la consecución de algo tan, a priori, simple como una patata o un par de zapatos de un muerto. Una simple puesta de sol podía convertirse en un hecho extraordinario por su belleza, algo que incluso ellos podían disfrutar sin que nadie pudiera arrebatárselo.

A esas personas, que ya se sentían cadáveres andantes, y a los que, con toda seguridad, no debía importarles qué hacer con sus vidas porque estas ya habían sido arrinconadas, aún les llamaba la voz del sentido. Frankl se dedicó con intensidad a este clamor en calidad de médico en el barracón de los enfermos, asistiendo a los otros presos con una fortaleza de espíritu que únicamente el conocimiento interior y la fe en el ilimitado poder del amor humano le daban. Así se encontró cuando aplazó un plan de fuga para permanecer junto a uno de sus pacientes moribundos, lo que le permitió ser testigo de la liberación del campo por el ejército estadounidense.

Aunque no hubo grandes expresiones de júbilo entre los supervivientes, el temor a lo que el futuro depararía y a si las personas para quienes habían aguantado con vida estarían o no esperando les hacía asumir lo que sucedía más lentamente.

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Frankl fue de los pocos que lograron recobrarse del sufrimiento de los campos de concentración. Se casó nuevamente y recuperó su labor psiquiátrica en Viena, la ciudad que lo vio nacer y morir. En el transcurso de la práctica médica ayudó a muchos pacientes de las más diversas nacionalidades a reconocer el valor de la propia existencia sin advertir, tal vez, que esta era la empresa más grande de la suya.

El sentido

El internamiento en los campos de concentración de Auschwitz y Dachau significó para Viktor Frankl el poder profundizar en las cuestiones en las que había estado desarrollando su labor psiquiátrica. Perfiló la teoría de la logoterapia, que se centra en los conceptos de sentido y significado de la existencia humana, una búsqueda siempre particular de cada individuo.

Frankl mantenía que estamos motivados por la pregunta sobre el sentido vital, una potencia que se expresa en los actos, en el amor o en el sufrimiento expiatorio. Sufrir es una experiencia que nos conecta con lo más elevado de nosotros mismos; la clase de actitud que manifestamos frente a la irrupción del sufrimiento servirá para poner de relieve el auténtico valor de lo que anhelamos. Conocer el origen de nuestro dolor espiritual y resistirlo con entereza, aceptarlo y procurar superarlo se convertirá en una enseñanza reveladora de la resiliencia.

La realización no es un objetivo por alcanzar, sino lo que se obtiene en el camino hacia la trascendencia. El ser humano es requerido, por su condición, a decidir qué tipo de existencia quiere y a ejercitar su libertad para conseguirla. En este contexto, la voluntad de sentido puede verse frustrada, despertando cierta angustia. Sin embargo, la logoterapia propone que es beneficioso que haya una tensión en el ser humano. Este deseo insatisfecho es preferible a una negación del deseo del sentido, lo que determinaría una vida que cesaría de pertenecernos y se sostendría al azar del simple ocurrir cotidiano.

La progresiva falta de referentes religiosos, tradicionales y morales nos deja huérfanos de relatos que nos orienten sobre la manera de ejercer esta libertad de elección. Ante esto, Frankl advierte sobre dos posturas: el conformismo de hacer lo que los demás hacen, o el totalitarismo ejecutado por quien nos dice qué hay que hacer. Sin este compromiso con lo único que verdaderamente nos pertenece, el existir pierde la esencia que lo caracteriza y el desinterés se apodera de nosotros y nos conduce incluso al suicidio como vía de escape.

“El hombre no debería inquirir cuál es el sentido de la vida, sino comprender que es a él a quien se inquiere”, afirma Frankl en su obra. Los seres humanos, dotados de razón y alejados de los instintos que condicionan los animales, advierten el poderoso deseo de encontrar su lugar en el mundo por medio de la entrega a un bien superior. La manera de vencer el vacío existencial, según la logoterapia, es darse de forma amorosa, ya sea a una persona o a una actividad.

La logoterapia

Considerada la Tercera Escuela Vienesa de Psicología, la logoterapia tiene ámbitos de aplicación específicos. Los cinco pilares sobre los que se mantiene la labor del psicoterapeuta son, básicamente: la intención paradójica (convencer al paciente que realice lo que trata de evitar, en el caso de las obsesiones, para que le resulte imposible llevarlo a cabo), la derreflexión (que el individuo deje de lado su pena y se concentre en otras inquietudes), el autodistanciamiento (que el paciente sea capaz de verse y evaluarse, y en esto influye en gran medida el psicodrama), la modificación de actitudes y el diálogo socrático (conversaciones entre el terapeuta y el paciente inclinadas al descubrimiento personal del sentido de la vida).

Acerca de Edu Bachs

Edu Bachs
Periodismo en la UIC. Me gusta el fútbol, el cine y el rap, y me apasiona la responsabilidad de comunicar y transmitir. “Tengo la intención de vivir para siempre o morir en el intento” Groucho Marx.

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