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“En una guerra, todo el mundo es víctima, incluso la gente que reza” Fr. Robert McCabe

[Entrevista traducida del inglés al castellano por Guillermo Altarriba]

 

Hoy nos hemos tomado un café cerca de la Sagrada Familia con Father Robert McCabe, capellán de las Fuerzas Armadas de Irlanda. Ha pasado los últimos seis meses de su vida en Siria y queremos saber más sobre su historia y su trabajo.

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Eres capellán castrense…

Sí, trabajé en la escuela durante un año, en 1994, pero mi obispo me llamó y me dijo “Hola Robert, ¿puedes venir a verme? Espero que estés en forma”. Fui y le dije “¿Por qué he de estar en forma?”, y me contestó que tenía un nuevo trabajo para mí. “Quiero que vayas a trabajar al ejército”, me dijo. Yo nunca había pensado antes en el ejército, pero era el sacerdote más joven de la diócesis, y tenía que hacer lo que sea que me ordenara mi obispo. No podía elegir, porque en mis votos está el de obediencia. Esto era en 1995, y el obispo me dijo “Los soldados te dirán de cruzar los mares, de trabajar con ellos, así que trabaja y reza. Trabaja y reza por ellos”. Desde entonces llevo rezando por los soldados cada día, y con los soldados cuando puedo. He estado en Irlanda –de donde soy- y con la ONU en Líbano, en Kosovo, en Liberia, en Chad y actualmente llevo seis meses en Siria, en la misión UNDOF.

Estás en Siria…

Estoy en Siria con una unidad irlandesa, en los Golan Heights. Es una misión que empezó en 1973 y los irlandeses llevamos allí desde el 29 de septiembre de 2013, el día de San Miguel.

¿Cómo es la situación allí desde el punto de vista de un sacerdote militar?

Realmente no puedo comentar mucho sobre las persecuciones a cristianos porque yo no lo he visto. Diría que la guerra no respeta la religión, ni la edad. En una guerra, todo el mundo es víctima, incluso la gente que reza, los religiosos. En Siria la familia es muy importante para la gente, y ahora estas familias se están rompiendo. La gente se disgrega por diferentes partes de Líbano o Jordania buscando seguridad. En Siria la gente te dice “reza por mi familia, reza por nuestro país”.

Estás en un campamento, pero ¿tienes contacto con los civiles?

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Muy poco. Nuestra tarea principal es garantizar la seguridad del personal de la ONU. Nuestra misión es apoyar a los enlaces entre Siria e Israel, pero nuestra unidad no está involucrada en la guerra civil que sufre el país.

¿Qué funciones tienes en el campamento como capellán?

Cuando vas de patrulla, ves cómo la gente está afectada por la guerra. Las calles están silenciosas, no hay colegio, la gente va caminando por ahí y hay muy pocos coches. Cuando hay tranquilidad, hay mucha más gente andando y visible, pero cuando hay explosiones o peligro las familias se van. En la frontera vimos un montón de gente cruzando la frontera entre Siria y Líbano. El día que regresé de allí, a finales de marzo, –porque ahora estoy de vacaciones- había un millón de refugiados sirios en Líbano, según datos de la ONU.

¿Por qué la gente va a Líbano desde Siria?

Porque ya tienen amigos o familia en Líbano, ya que es el país vecino, junto con Jordania. Ahora mismo la situación es más segura en esos países que en Siria. Marchan a campos de refugiados.

¿Cómo viven en esos campos?

No lo sé. Están organizados por la Comisión de Refugiados de la ONU. Creo que la visita que el Papa Francisco hará en mayo pondrá la atención del mundo en este punto. El Papa quiere visitar Siria porque hay muchos cristianos. No olvidemos que fue aquí, de camino a Damasco donde San Pablo se convirtió y fue acogido después por una comunidad cristiana que confió en él. Eran cristianos genuinamente honestos, no lo vieron como un terrorista sino como alguien que necesitaba ayuda. Fue debido a la auténtica caridad de los cristianos de Damasco que cambió el corazón de Pablo. Hay, por tanto, una antigua y rica tradición cristiana en Siria. Además, Siria fue de los únicos países en los que hubo armonía y respeto entre católicos, ortodoxos y musulmanes. Pero esto está cambiando.

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¿Así que hasta ahora había armonía entre los diferentes credos pero esto ya no es así?

Sí, la guerra civil lo está cambiando.

¿Cómo es un día normal en un campamento militar?

Desayuno a las seis y media, y ha de ser un buen desayuno porque vas a estar ocupado toda la mañana y todo el día. Entonces tienes tus órdenes y misiones para el día, te reúnes con diferente gente que es responsable de sus áreas. Algunos grupos de soldados salen en patrulla en vehículos blindados para asegurar la protección de otra gente. Todo el mundo viaja en blindados, no hay vehículos de piel blanda. Yo como capellán soy responsable de los irlandeses del campo, pero también me junto con los soldados de otras nacionalidades. Los hay de Fidji, de Nepal, de Filipinas… Todo el mundo tiene su función específica: la mía es rezar por todo el mundo. Celebro Misa al anochecer cada día. Mi trabajo como capellán no solo es rezar por ellos sino también con ellos, cuando se puede. Además, también me encargo de crear un sentimiento de comunidad, de construir esa visión de que todos los que estamos ahí somos parte de algo más grande. Que son parte también de las familias que han dejado atrás. Rezamos por ellas, por un abuelo que se fue, por un vecino que se encuentra mal, por sus hijos que están sin padre… Otras veces están muy contentos y quieren enviar cartas de San Valentín o de Navidad, y también las diseñamos. Tenemos además un pequeño grupo de música, aprendemos irlandés, montamos el pesebre en Navidad… Todo es para construir una comunidad. Vale, es una comunidad cristiana, pero también una comunidad que quiere lo mejor para la gente con la que trabajamos.

Dada la situación difícil en la que se encuentran los soldados, ¿hay muchas conversiones?

No, muchos de ellos son cristianos ya. Pero sí que formulan preguntas más profundas sobre su fe. No tenemos conversiones como tales, pero en lugar de eso profundizamos en la fe. En los primeros seis meses puedo explorar con ellos de modo sistemático nuestra fe. Especialmente porque estamos en Damasco, cerca del lugar donde trabajaron los primeros apóstoles. San Pablo caminó y predicó entre Damasco y Jerusalén, así que probablemente recorrió los mismos caminos que usamos nosotros. Es un privilegio. Los soldados ven a musulmanes rezando muy regularmente y dicen “nosotros también hemos de rezar con esa regularidad”.

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¿Cuántos militares hay en el campamento en el que estás?

Ciento veinte.

¿Y cuántos van a la Misa de la tarde?

Tenemos un grupo internacional de unos veinte que vamos cada día, y en domingo llegamos a reunirnos unas sesenta personas. Sábado y domingo son los días en que hay más gente en Misa. Algunos van el sábado porque trabajan el domingo, o porque igual hay un partido de fútbol y no se lo quieren perder… Así que somos eso, sesenta cristianos felices.

¿Para ti, cuál es la mayor dificultad de vivir allí, a lo que cuesta más acostumbrarte?

La disciplina, es como vivir en un monasterio. Otra cosa incómoda es que has de llevar casco en cada viaje, y que no eres libre. Has de pedir permiso para todo. A mí en Irlanda me gustaba viajar para visitar a mis soldados. En el campamento tu nombre está un una lista y has de viajar en tal convoy, con tal grupo… Todo para tu seguridad. También es difícil el estar lejos de casa. Mi padre tiene 84, mi madre, 82 y me preocupo por ellos, porque se hacen mayores. Veo soldados con hijos pequeños que también se preocupan porque se hacen mayores. Son seis meses de estar alejado de los hijos en una edad en que cambian muchísimo, a los tres o a los cuatro años. Ahora por suerte existen medios como Skype, Viber o Whatsapp que te permiten establecer contacto visual. Años atrás, los soldados esperaban al cartero que les trajera noticias de casa, pero ahora con Skype puedes ayudar a tus hijos con sus deberes, o mandarlos a dormir. Eso está bien. Pero por esta dificultad también puedo entender mejor a los soldados, porque todos pasamos por lo mismo, por el estar alejados de nuestras familias.

¿En algún momento has temido por tu vida?

No, porque nos entrenamos para ir a lugares peligrosos y sabemos qué hay que hacer. Sabemos cómo mantenernos a salvo con los otros y por los otros. Nunca me he sentido amenazado.

¿Te entrenaste, dices, con los soldados?

Recibí el mismo entrenamiento para ir al extranjero, sí. Aunque no tengo el entrenamiento básico de los reclutas, sí que estuvimos entrenando dos semanas para venir al extranjero.

¿Eres el único capellán del campamento?

Hay otro de Fidji, que es metodista, y uno católico de Filipinas, pero está en otro campamento cerca del nuestro.

¿Es seguro vuestro campamento?

La zona en la que está nuestro campamento es una sin actividad militar, entre los dos países. La dificultad es que los rebeldes no firmaron el acuerdo en 1973, así que la guerra civil se está desarrollando en una zona sobre la que hay un acuerdo de paz. Esto incrementa la tensión.

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¿Cuál será tu futuro más próximo?

Cuando termine mis vacaciones no volveré a Siria, iré a un campamento militar en Irlanda. También tendremos a mediados de mayo una peregrinación militar a Lourdes. A Siria irá otro capellán, yo estuve los primeros seis meses. Feliz de ir, pero también feliz de volver.

¿Irás a otro conflicto?

Yo soy obediente a mi obispo. Un día me telefoneará y me dirá “Robert, vuelve a casa, te necesito para que trabajes en la diócesis”. Iré a donde me diga él. Cada día es impredecible, no sé donde iré en el futuro. La vida en un campo militar es como en un monasterio: hay una disciplina inherente a vivir con tantas otras personas. Hay un buen orden en mi día, pero cada uno es impredecible. En el campamento de Irlanda hay un sacerdote que es el capellán en jefe, y es mi superior ahora mismo. Es un monseñor que trabaja en el ministerio de Defensa.

¿Algo más que quieras contarnos?

Me entrené con los soldados hace doce años. Como parte del entrenamiento, estaba en un puente y teníamos que saltar. Contaron “5, 4, 3, 2, 1…” y saltamos. Eran unos veinte metros hasta el agua y llevábamos chaleco salvavidas. El problema fue que cuando yo salté, había debajo un submarinista con las bombonas de oxígeno a la espalda. Al tiempo que yo saltaba, él se movió hasta debajo del puente, y me partí la cara literalmente contra su tanque de oxígeno. El submarinista estaba allí para ayudar en caso de que a algún soldado le diera un ataque de pánico.

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¿Y qué paso luego?

Cuando salí a la costa, todo el mundo estaba como “¡Dios! ¿¡Qué ha sido ese ruido!?”, y yo “Tranquilos, estoy bien”. Era el 25 de marzo, el martes de Semana Santa. Yo les decía que estaba bien, que tenía que irme de vuelta a preparar las ceremonias de la Semana Santa. Por la adrenalina, no notaba que mi ojo no funcionaba ni toda la herida que tenía en la cara. No me dolía nada. Cogí mi chaleco salvavidas y creía que simplemente mi nariz estaba sangrando. Me soné la nariz y fue como “Dios mío, esto no es bueno, esto no es bueno…”. Fue entonces cuando fui al hospital y allí estuve dos semanas. Allí me operaron y ahora solo puedo ver por un ojo.

¿Perder un ojo te hundió anímicamente?

El domingo de Pascua estaba en cama y no tenía nada que hacer, estaba de mal humor. Recibí una llamada de dos soldados que me dijeron que venían a visitarme porque querían sacarme de allí, ayudarme a escapar para dar un paseo. Y yo estaba como “no, no, que voy en pijama”, pero ellos insistieron y dijeron que tenían un disfraz para mí, para que no me vieran los vendajes que me cubrían la cara, como si fuera el hombre-elefante. Vinieron y me sacaron de allí, en efecto. El disfraz era una bolsa de papel marrón con un solo agujero, lo que es una buena muestra del humor militar. Ese fue mi momento de resurrección, mi primer momento de sentirme bien. Dimos un paseo maravilloso por Dublín y a la semana siguiente el doctor me dijo que me notaba mucho mejor que la semana anterior. Yo le dije que era porque tenía buenos amigos en el ejército. A partir de ahí cada 25 de marzo tengo una fiesta para celebrar que sigo vivo. Por suerte, a pesar del accidente, aún puedo conducir y esas cosas. Tengo toda una serie de prótesis, así que ahora soy como Terminator. Un montón de metal, pero no suena en los detectores del aeropuerto.

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Acerca de Jaume Vives Vives

Jaume Vives Vives
Periodista. Autor de 'Las putas comen en la mesa del rey', 'Pobres pobres: 8 días viviendo en la calle' y 'Viaje al horror del Estado Islámico'. Ahora escribiendo mi cuarto libro, produciendo y co-dirigiendo un documental sobre los cristianos de Irak y cursando un máster de Marketing Digital. Director del @DiarioElPrisma y de @GuardianesFe. Canto cuando voy en moto. Católico.

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