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“Ante la ideología del transhumanismo, tenemos que re-descubrir al ser humano” Albert Cortina

Vivir eternamente. Erradicar las enfermedades. Acabar con el trabajo pesado. Estas son algunas de las metas que se plantean desde el transhumanismo, una ideología cibernética que constituye el principal campo de estudio de Albert Cortina. Autor de tres libros sobre el tema –“¿Humanos o posthumanos?”“Humanidad∞” y “Singulares”-, el investigador participó en la jornada “Inteligencia Artificial y Transhumanismo”, organizada en Barcelona por la Fundación Casa de la Misericordia -y resumida en este enlace– y en El Prisma no quisimos dejar pasar la oportunidad de hablar con él:

Transhumanismo Albert Cortina posthumano ciborgEmpecemos por lo más básico, ¿qué es el transhumanismo?

Para definirlo, lo primero es entender que no es una corriente unívoca: se puede tratar desde varias perspectivas. Empezó como un movimiento futurista, una visión acerca de qué nos depara el futuro a la especie humana, pero se va transformando poco a poco en una cultura y en una ideología propia de la híper-modernidad.

¿A qué te refieres con “híper-modernidad”?

A que, si la modernidad significó que los hombres nos volvimos autónomos respecto a Dios y en la posmodernidad, respecto de nosotros mismos, la híper-modernidad pretende que nos hagamos autónomos del mismo ser humano como ser biológico. El transhumanismo como ideología propugna que el ser humano, gracias a la tecnología, se volverá autónomo de la naturaleza y llegará a diseñarse a sí mismo como quiera. Esto entronca con una de las facetas del transhumanismo, la metafísica.

¿En qué consiste?

A veces, el transhumanismo se presenta como una suerte de espiritualidad, una pseudo-religión con aspectos new age. Al hombre contemporáneo, que ha perdido todos los dioses y al Dios único de la Tradición, se le propone una nueva divinidad: la tecnología. Todas las preguntas que el ser humano se ha hecho siempre respecto a la trascendencia -¿alguien me ha creado? ¿Puedo trascender la muerte?- hallan su respuesta en esta deificación de la tecnología, en esa invención de un nuevo dios de creación humana.

Sin embargo, esta deificación de lo humano no es nada nuevo…

Para nada, es un aspecto recurrente en la historia de la humanidad: lleva siendo la tentación ofrecida al hombre desde el “seréis como dioses” de la serpiente en el Edén. El transhumanismo presenta una versión techno, basada en tres utopías: superinteligencia, superlongevidad y superbienestar.

El transhumanismo deifica la tecnología, la eleva a pseudo-religión”

¿Superlongevidad? ¿Hasta cuánto se pretende extender la vida?

En última instancia, sin límite: uno de los conceptos que introduce el transhumanismo es la inmortalidad cibernética. Esto es, la posibilidad de transferir la propia mente o la conciencia -según dicen ellos- a otro sustrato que no sea el cuerpo biológico, que se ve como un límite, una antigualla caduca que no sirve como vehículo para alcanzar la inmortalidad.

Estamos hablando de mover tu cerebro a un robot…

O a un holograma, o a una nube de datos… Al final es una nueva alquimia gnóstica que pretende extraer lo que consideran la esencia del hombre y depositarla en otro elemento sintético o artificial para alcanzar la inmortalidad. Es algo, desde luego, muy seductor para una sociedad que ha perdido la visión espiritual tradicional. Para una humanidad que cree no estar conectada con el corazón de Jesús, nuestro Salvador.

Transhumanismo Albert Cortina posthumano ciborg

Suena como a ciencia ficción, ¿es una posibilidad real o una fantasía?

Tanto la superlongevidad como los otros dos objetivos, el superbienestar y la superinteligencia, son utopías -o distopías-, está claro, pero lo cierto es que los humanos siempre hemos construido el futuro a base de visiones que queremos alcanzar. Si aquellos que investigan las tecnologías del futuro tienen esta visión, trabajarán para ello, y es posible que la realidad acabe pareciéndose a la ficción. En el caso de la inmortalidad cibernética, yo creo que algún día puede que sea posible la transferencia de datos en otro “cuerpo inerte”, pero lo importante es distinguir conceptos. ¿Es eso la eternidad? En el fondo, la discusión aquí es filosófica y teológica: ¿los datos mentales son la esencia del hombre? ¿Qué nos hace humanos? ¿Existe el alma inmortal? ¿Cómo alcanzamos la eternidad, en la unión cuerpo-alma?

Son preguntas que ya se hacían los filósofos en la Antigüedad.

Claro, no deja de ser curioso que, en el siglo XXI -cuando parece que estas preguntas metafísicas y antropológicas ya han quedado superadas-, tengamos que volver a pensar en qué es el ser humano. Los retos que propone el transhumanismo nos obligan a reflexionar, por contraste, en lo que realmente nos hace humanos y en lo que de verdad nos importa: la felicidad en plenitud de vida.

¿Qué ocurre cuando la pierna artificial funciona mejor que una pierna biológica?”

Uno de los aspectos del transhumanismo del que hablas en tus libros es la llegada del post-humano, ¿en qué consiste?

En que –en el fondo- lo que plantean las tesis transhumanistas más radicales es dejar la especie Homo Sapiens, la que ha evolucionado desde la biología y la cultura, y pasar al post-humano, un ser evolucionado a partir de la tecnología a quien la naturaleza humana le resulta molesta. Para los transhumanistas, la biología deja de ser un dato relevante: cada uno puede diseñar su cuerpo al gusto para saltar más alto, correr más rápido o adquirir supermemoria. Es la llegada del ciborg, la pretensión de aumentar las capacidades físicas y cognitivas de forma exponencial a partir de la interacción e integración de las biotecnologías en nuestro cuerpo y mente.

De nuevo, suena a película de Hollywood…

Pero no lo es: será el final de un proceso. Muchas veces, la tecnología interviene para solucionar un problema patente, como analizo en el libro “Singulares”. Pero ¿qué ocurre cuando una discapacidad se convierte en una “supercapacidad” gracias a la tecnología? ¿Qué ocurre cuando la pierna que se implanta a una persona que ha perdido esa extremidad funciona mejor que una pierna biológica? La excepción puede convertirse en regla general, y aquí entra el debate ético. El debate sobre los límites.

Transhumanismo Albert Cortina posthumano ciborg

A eso iba: ¿cuál es el límite de la ciencia? ¿En qué punto lo posible deja de ser lícito?

Esta es una buena pregunta, y responderla no es tanto una cuestión práctica como una reflexión filosófica y un dilema ético. El punto en el que pongas el límite varía según la cosmovisión que tengas: la posición soberbia –creer que no somos frágiles ni vulnerables, que somos ilimitados– o la posición humilde –la visión cristiana, el modelo que nos propone Jesús, que muestra precisamente que lo que nos hace más humanos es precisamente la vulnerabilidad, la fragilidad, nuestros límites-. Se trata de plantearse si la naturaleza –que siempre se ha dicho que es sabia- puede ser superada por la tecnología sin ningún límite o si, por el contrario, somos más humildes y aceptamos que la naturaleza marca sus propias normas y que el orden creado sigue la ley natural y el plan de Dios Padre.

Entonces, ¿nos hemos de conformar con el dolor y el sufrimiento?

No, la medicina y la ciencia siempre nos han ayudado a superar ciertos límites, y no es malo ir avanzando razonablemente en mejorar nuestra calidad de vida. El problema es, de nuevo, metafísico: poner toda nuestra confianza en la mejora tecnológica del ser humano lleva a la frustración ante los límites: la muerte, el sufrimiento, la vulnerabilidad… La cosmovisión opuesta al transhumanismo –en este caso, la cristiana- plantea que nos reconocemos como humanos en el amor, una condición humana que hermana los corazones con nuestros semejantes y nos permite reconocernos frágiles y necesitados del Amor de Dios.

Se trata de plantear si la naturaleza impone sus límites y si tenemos la humildad de aceptarlos”

Desde luego, es muy distinto a creerse ilimitado…

En lo más profundo, esto es lo que ha entendido el cristianismo, mientras que todas aquellas ideologías y utopías que no lo han hecho, acaban en sufrimiento e infelicidad, en un mundo donde no se puede alcanzar la dignidad y libertad propia del ser humano que aspira a una vida plena y feliz. Las ideologías que históricamente han prometido al ser humano un paraíso terrenal, una esperanza radical en este mundo limitado, no han funcionado, porque han pretendido adaptar al hombre a un modelo imposible, como vemos, por ejemplo, en Corea del Norte.

Sin embargo, ¿la promesa cristiana de un Cielo no es otra manera de escapar al sufrimiento y al dolor?

No, a mi entender es distinto: el problema es que la iconografía tradicional no ayuda. El Cielo que han representado desde siempre los pintores no nos sirve en estos tiempos de híper-modernidad: la visión del Paraíso como una escapatoria de la vida es –bajo mi punto de vista- errónea, porque la eternidad consiste más bien en volver al origen del Edén. En realidad, caminamos a la luz de Dios. La naturaleza humana tiene nostalgia, durante su peregrinar por la Tierra, de retornar al estado armónico inicial, a la creación y a la naturaleza humana restaurada, en plenitud, y colmados por el Amor de Dios: eso para mí es el Cielo.

Muy platónico, ¿no? Parece que hables del mundo de las Ideas…

Sí, pero lo curioso es que todo el mundo –independientemente de su religión o de su cultura- acaba anhelando este amor primigenio. Un amor incondicional y desinteresado, como el de nuestra madre en los primeros instantes de nuestra vida. Este deseo de amor infinito es el sueño que nos iguala a todos los humanos, que permite la relación con el otro: necesitamos la relación amorosa con los demás. Ahora bien, cuando rompes esta relación y pones en el centro el “yo”, la necesidad de ser más alto, más fuerte, más longevo o más inteligente… entonces el orden se invierte y la persona se deshumaniza.

Transhumanismo Albert Cortina posthumano ciborg

De nuevo, el límite.

Sí, y respondiendo a la pregunta inicial, el límite de la ciencia tendremos que ponerlo en el sentido común y en el bien común. Hay que tener una cosa presente, de entrada, los cambios radicales siempre nos asustan. Cuando se inventaron los trenes, decían que los humanos no seríamos capaces de resistir tanta velocidad. A nivel práctico, los avances tecnológicos siempre traen ventajas e inconvenientes: los móviles, por ejemplo, tienen la ventaja de favorecer la comunicación y la desventaja de que pueden crear adicción y acabar produciendo una comunicación banal. Cada generación tiene sus desafíos con las innovaciones, y en este sentido creo que una ética del consenso nos puede ayudar algo en esto. Poco a poco iremos valorando colectivamente cómo usar las tecnologías, pero el problema llega cuando una de estas innovaciones toca la esencia del ser humano. Conviene separar los artilugios tecnológicos que suponen avances prácticos de aquellos que a la larga terminarán deshumanizándonos.

¿Se pueden prever estas consecuencias?

Ahí está el problema. La humanidad siempre aprende una vez hemos visto las orejas al lobo. Hasta que no experimentamos las consecuencias negativas, no entendemos el origen del problema. Por ejemplo, ahora estamos viendo las consecuencias negativas de la modernidad y la pos modernidad, que es la autonomía de la voluntad excesiva y el deseo individual llevado al extremo: por ejemplo, el diseño humano hacia un ciborg unigénero.

Por tanto, ¿qué solución planteas?

Ante la ideología del transhumanismo, creo que se hace necesaria la formulación de un humanismo avanzado, de base ética y espiritual, sustentado en una cosmovisión que no pretenda desautorizar a la ciencia y a la tecnología sino complementarla, enriquecerla y humanizarla, partiendo de la base de que el ser humano -que tiene la misión de cuidar de forma responsable la biosfera, y por tanto, de custodiar la creación- es vida inteligente y consciente, es un ser singular que integra espíritu y materia, alma y razón, y que mediante esta integración puede alcanzar el perfeccionamiento del proyecto humano.

Entonces, sobre las nuevas tecnologías…

Personalmente, defiendo una visión sobre la convergencia de las tecnologías emergentes y su interacción e integración en el ser humano y en el ambiente, una visión basada en el humanismo avanzado que te decía. Un humanismo adecuado para un futuro en que estas tecnologías emergentes estén al servicio de las personas y de la biosfera, y no al revés. Donde la ética y las humanidades co-lideren el progreso científico-técnico y el desarrollo humano integral.

¿En qué sentido?

Hemos perdido una herencia magnífica acerca de qué es la persona y su interioridad, que es la suma de alma y espíritu. Estamos como aquel pueblo que entra en un desierto existencial y no ve el final del camino. Tal y como yo lo veo, hemos perdido la esencia para definir lo que realmente nos hace humanos, y hemos de reelaborar y reinterpretar el humanismo, volver a las fuentes originales y, sobre todo, volver a la Fuente original. Y todo ello hemos de saberlo expresar con palabras y conceptos actuales.

¿Explicar la Tradición con un lenguaje actual?

Hace un tiempo los pensadores no hablaban de “unigénero”, “inmortalidad cibernética” o “superinteligencia”, así que hemos de adaptar las formas y el lenguaje a estos nuevos retos. Se trata, por ejemplo, de diferenciar inmortalidad de eternidad. De rescatar el significado original de “amor”, “interioridad”, “alma”, “conciencia”, “cosmos”, “creación”… Redescubrir el sentido de la existencia humana que ayude a toda persona y al conjunto de la humanidad a transitar por el siglo XXI con esperanza, vengan las biotecnologías que vengan. En definitiva, hemos de volver a construir una antropología adecuada para que cada hombre y cada mujer alcancen la plenitud y la felicidad.

Acerca de Guillermo Altarriba

Guillermo Altarriba
Periodista en acto y politólogo en potencia. Apasionado del cine, los cómics y demás artefactos peligrosos: estoy convencido de que en la Cultura se libra la batalla más importante. Cuando me dejan, dibujo. VTR

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Un comentario

  1. Muy buena entrevista. Por el tema, por el entrevistado y por las preguntas, de verdad interesantes.
    Animo a leerla. Vale la pena. También por estar al quite de lo que se nos viene encima.

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